Ahora entiendo por qué cuando se juntan un montón de presidentes del gobierno en algún lugar con muchos canapés se le llama “cumbre”: Por el trabajo que cuesta encontrar un hueco en sus ceñidas agendas para juntarlos a todos. A nosotros también nos costó un horror el buscar un día sin tachar en el calendario para hacer una cumbre, más concretamente la del Moncayo.
Y todo para no llegar a la cima, digo… la cumbre.
Ya podían caer chuzos de punta que íbamos a ir, ya solo el juntar a la panda ya merecería la pena. Pues cayeron.
Y todo para no llegar a la cima, digo… la cumbre.
Ya podían caer chuzos de punta que íbamos a ir, ya solo el juntar a la panda ya merecería la pena. Pues cayeron.
Comenzó a llover insistentemente justo en el momento en que nos calzábamos las mochilas.
Es lo que denominamos el “Efecto Moncayo”. Sequía, mucha sequía, y en cuanto nos ponemos a caminar, lluvia. Solo podría querer decir una cosa: Que teníamos que seguir andando para que continuara lloviendo, como no.
El pateo comenzaba a las afueras de Cueva de Ágreda, nuestra ruta favorita a esta cima, esta vez sin raquetas, y sin crampones, pero para esto nos compramos los chubasqueros, ¿no?
El límite lo pusieron los pies empapados, las manos lentas, los clinex mojados o los calzoncillos encharcados de los diferentes integrantes masculinos de la expedición. De ser por las chicas hubiéramos dado 37 vueltas a todo el macizo, tela con el sexo débil.
Aun así, aun salió una ruta maja, de unas tres horitas, diferente, con una luz preciosa pese a la niebla y la lluvia. No hay espinita que sacar, a mi me llenó.
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